En lo más profundo del bosque, una oquedad rocosa por la que rezuma el agua, gota a gota, deslizándose entre la piedra musgosa, hasta que en un salto vertiginoso, impropio de su trabajoso viaje por la roqueña pendiente, nace la fuente umbría. Agua infatigable que alimenta un pequeño estanque, plácido y fresco, permanentemente sombreado por los sauces que lo bordean.
Allí, justo al lado del salto de agua, hay una roca, húmeda y pulida por el continuo salpicar, que parece moldeada a propósito para la reflexión, que invita al viajero a un no muy arduo trasiego pendiente arriba para descansar de la fatiga y, con suerte, sentir el roce cálido del sol, que serpentea entre las ramas de los árboles y sólo muy de vez en cuando espejea en el agua.
Sentémonos, pues, junto a la fuente umbría.
miércoles, 3 de mayo de 2017
La caja
domingo, 12 de febrero de 2017
Mil vidas y ninguna
***
Fabulamos, sentimos, sufrimos; jugamos una y otra vez con nuestras criaturas, con situaciones imposibles, sufrimientos improbables que van dando un carácter propio a lo que escribimos. Ponemos mucho de nosotros, de lo que somos, de lo que creemos ser, de lo que nos gustaría ser, en esos personajes que nos acompañan durante mucho tiempo, incluso más allá del momento en que das carpetazo a su historia -y ya digo que las mías acaban muriendo mucho antes de ver la luz, pero imagino que el sentimiento es compartido por cualquier fabulador.
¿Qué ocurre cuando nos poseen?, ¿cuando la esquiva musa se apropia de nosotros y escribimos, escribimos como posesos, apenas conscientes de lo que nos rodea?
Puede ser un día entero, pueden ser unas increíblemente productivas horas o ese momento en el que ideas vagas confluyen en mística conjunción obedeciendo a un plan oculto que sólo en ese momento de epifanía se te revela. Te conviertes en profeta, el vago humo de las ideas fermenta y se materializa invocado por la musa esquiva a la que las más de las veces has de convocar con esfuerzo, sudor y oficio.
Mientras tecleo esto me vienen a la cabeza las palabras que escribiera Robert E. Howard:
"[...] pareció crecer en mi mente sin que hiciera falta demasiado trabajo por mi parte, e inmediatamente una riada de historias empezó a fluir de mi pluma -o, más bien, de mi máquina de escribir- sin mediar casi esfuerzo por mi parte. Fue como si, en lugar de crear, estuviera relatando unos hechos que habían tenido lugar realmente [...]. El personaje de apoderó por completo de mi mente y expulsó de allí todo lo relacionado con la escritura, a excepción de sí mismo" (1).
Concedo que podría haber buscado una cita algo menos pulp y más canónica pero expresa muy bien la sensación de posesión que puede asaltarte en esos momentos afortunados en los que la chispa prende y los personajes cobran vida más allá de lo que parecería sano.
A través de ellos has vivido mil emociones, mil sufrimientos, mil vidas. Pueden, en algunos momentos, convertirse en compañeros más fiables, más leales que los de la propia realidad y me pregunto, a veces, sólo a veces, qué te dejan qué efecto tienen en el humos de nuestra mente, en nuestras entrañas.
Si a un lector ávido le sorbieron el seso las novelas de caballerías, ¿qué marca indeleble pueden dejarnos a los fabuladores?, ¿podemos aspirar a salir indemnes de tal ejercicio?
Descarto los casos de identificación plena que hemos leído u oído en el caso de algunos actores que mientras viven un personaje se vuelven mezquinos como él o acaban al final de sus días viviendo en ataúdes. No. La cuestión que me asalta es algo más sutil. Intentaré explicarme.
Posiblemente, si estamos cuerdos podemos salir del trance creador sin señal alguna, mas no puedo dejar de pensar que a veces, sólo a veces, cuando toman prestada tu capacidad de emocionarte, de sentir, van consumiéndola poco a poco.
Supongamos que cuando fuerzas tu corazón a sufrir o a exaltarse, dejas volar tu mente hacia momentos dolorosos imaginados, hacia dilemas imposibles que pongan a prueba tus sentimientos -los que has de prestarles a ellos, con los que has de insuflarles algo de alma- entregas una pequeña parte de ellos, una parte diminuta, infinitesimal. Tan sólo un ápice de esa misma emoción.
Entonces, sin quererlo, ya hay una pequeña huella, de algún modo has mancillado la pureza de tu capacidad de sentir. ¿Qué ocurre cuando la vida, la vida real, la que te acaricia, golpea o ignora te pone a prueba y te enfrenta con esa emoción, con esa situación mil veces imaginada, mil veces sentida?
Es como cuando has practicado cien veces una entrevista, una respuesta a una pregunta incómoda. Has forjado un automatismo.
¿Puede ocurrirnos lo mismo? Quizás, sólo quizás, no lo vives igual porque ya has imaginado mil veces situaciones y emociones parecidas, has explorado todas las reacciones posibles y plausibles; has imaginado rabia y desolación, abatimiento y resignación, alegría y exaltación, amor y cariño, melancolía. ¿Y si en vez de sentir estuvieras escogiendo de un repertorio? ¿la más adecuada a la imagen que de ti has creado? ¿Y si la experiencia, el saber con el que has jugueteado en tus mundos imaginados, fuera consumiendo tu capacidad genuina, la emoción de la primera vez?
Incluso podrías ir más allá. Mientras una parte de ti vive inmersa en esa realidad, otra la desmenuza y clasifica pensando en qué puedes utilizar más adelante, en cómo puedes aplicar esa enseñanza para dotar de mayor veracidad a tus monstruos.
Sí, digo monstruos porque en ese instante te arrastran a su mundo sin compasión alguna por ti, su pobre fabulador incapaz de encadenar a sus criaturas.
Es solamente una hipótesis, una idea que vaga desde hace tiempo entre las sombras de mi cabeza, esos abortos que nunca germinan, que claman contra la nada a la que los condeno.
Una pregunta, una duda, un temor incluso, que en algunas madrugadas, ante el silencio de la pantalla en blanco, se enseñorea del campo devastado de mis proyectos:
¿Y si al imaginar mil vidas no vivieras ninguna?
***
Dejemos que la aguas vuelvan a su cauce, busquemos la paz que nos proporciona esta fuente umbría que sirve de punto de ancla a este río que discurre al azar, sin rumbo fijo ni control.
(1) Tomado de Conan, el Cimmerio 1, Robert E. Howard. editorial Timun Mas
martes, 30 de diciembre de 2014
Notas sobre el tráfico
A merced de esas notas, la tarde cotidiana, el final de la jornada, se transforma. Levanto la cabeza y acelero el paso, husmeando como un sabueso, busco el origen de la música.
Unos metros más adelante, un corrillo disperso de transeuntes curiosos me señala la escena: un piano blanco en la esquina, un hombre de chaqué, de riguroso negro, acaricia las teclas compitiendo con las prisas y la indiferencia que nos escudan en nuestro peregrinar por la ciudad.
Antes de haberme decidido, ya he encaminado mis pasos hacia los pocos que, con cierto aire complice, escuchan al pianista.
La mayor parte de de la gente se detiene apenas unos instantes, mira a su alrdedor buscando una explicación, una causa que justifique a ese hombre tocando el piano. Al no encontrarla, reemprenden el camino con paso enérgico, como para recuperar el tiempo perdido. Imagino que muchos no volveran a pensar en ello.
En otros, puedes notar cierto azoramiento, una vergüenza apenas expresada, que no sabes si nace de haberse detenido o de la incapacidad de quedarse, quizás lamentan no disfrutar de un breve momento mágico.
Porque hay magia en ese pianista y en su blanco e inmaculado piano. No es lo sorprendente de la escena: un piano en una de las esquinas más concurridas y transitadas de la ciudad; es la fuerza de la música, esa unión de notas, tempo y armonía, que conmueve nuestras entrañas.
Cierro los ojos, dejándome llevar por una melodía que no reconozco y, de pronto, esa magia se rompe. Un recuerdo, amargo, preñado de contradicción acude a mi memoria.
No inducía a la compasión, ni siquiera un atisbo de pena. Más bien al contrario. Ligeramente desaliñada, el pelo sucio recogido en un moño alto, gafas, vulgaridad, ropas anchas y desastradas, lo más llamativo: un único pendiente, un arito sencillo, en la oreja.
La voz estridente y los modales de quien pide por oficio, en la vertiente indignada con el mundo. “Sólo les puedo ofrecer mi música”, una voz chillona que hiere los oídos.
Los acordes mal tocados de la Novena Sinfonía de Beethoven sonando en una armónica vieja. ¿Una decisión casual fruto de la popularidad de la melodía o una forma sutil de echarnos en cara, rostros ausentes, gestos cansados, miradas esquivas, nuestra indiferencia, en definitiva?
"Todos somos hermanos en el regocijo de la alegría... Abrazaos millones de seres", dice el poema de Schiller que usó Beethoven.
Pasó con el monedero abierto, esperando alguna limosna.
Nada.
Sólo cuando se alejaba hacia el otro extremo del vagón, la mano extendida con el monedero, monedero anémico, solitario derrotado por la indiferencia. Sólo en ese momento, la irritación dio paso a algo parecido a la piedad, a la compasión.
No hice nada.
Navegamos en un mar de contradicciones, peleles tironeados por mil impulsos opuestos, irreflexivos, buscando constantemente un norte, unos principios que violar al primer momento de inconstancia.
Magia y miseria se dan la mano en ese mismo instante, aunados por uno de los más hermosos actos creadores de la Humanidad.
Lo decía Richard Wagner en boca de Beethoven al hablar sobre la composición de la Novena Sinfonía en Un músico alemán en París: "Pronto conocerá usted una nueva composición mía, que le recordará esto sobre lo que yo me manifestaba ahora [...] he decidido a utilizar el bello himno de nuestro Schiller A la alegría; éste es en todo caso un poema noble y conmovedor, aunque muy alejado de expresar lo que realmente no puede expresar en este caso ningún verso del mundo".
El flagelo golpea en mi interior más fuerte que cualquier reproche, más fuerte que ese monedero vacío que agitaba una mano vencida, rendida a la indiferencia. Soy yo mismo quien lo enarbola.
Con resignación, reanudo el paso, me alejo de la música que suena en mis oídos y en mi recuerdo.
Me sumerjo en la multitud anónima.
miércoles, 15 de octubre de 2014
Apuntes
Al igual que un dibujante ejercita su pulso emborronando el primer papel en blanco que encuentra, ya sea el boceto de un trabajo que tiene en mente, una imagen que le llama la atención mientras espera al amigo inconstante que siempre llega tarde o esbozos recurrentes en los que puedes seguir su evolución y sus obsesiones particulares; del mismo modo sientes la necesidad de jugar con situaciones, descripciones y frases que se repiten de forma constante en tu memoria. Imágenes que transformas en palabras con la esperanza de que reflejen fielmente las emociones que despiertan en tu interior. O los pensamientos, creencias y códigos sobre los que vuelves una y otra vez.
La mayor parte de estos párrafos imaginados quedan enterrados en la memoria donde el polvo del olvido los cubre pudorosamente. Pasado ese momento de inspiración y llegado el de trasladarlos al papel nunca quedan tan brillantes, tan potentes. Mejor, el olvido.
Sólo con mucho esfuerzo salen a la luz. Ya dije que esta fuente umbría tenía mucho de libertadora de pensamientos pergeñados, madurados en la oscuridad durante mucho tiempo.
Me faltan, lo reconozco, disciplina, sentido y objetivo para volcarlos al papel. Sigo siendo un romántico irremediable, hablo y pienso en papel, añoro la pluma con la que pocas veces escribí. Lo sustituimos por la pulcra eficiencia del procesador de texto, aunque se empeñe en corregirte palabras, frases y expresiones correctas.
Era un paraje roqueño, áspero, apenas suavizado por sombras de musgo amarillento, que bregaba una batalla solitaria en los intersticios de las peñas. Una imagen de desolación barrida por un viento desabrido, que se arremolinaba en un silbido agudo y quejumbroso hiriendo los oídos.
Es un proceso duro al que sólo pones coto por cansancio o por una moderada satisfacción (al volver sobre un texto siempre estarías dispuesto a cambiar algo, por mínimo que fuera).
Era un paraje roqueño, áspero, apenas suavizado por sombras de musgo amarillento, bregando en los intersticios de las peñas una batalla solitaria. Una imagen de desolación barrida por un viento desabrido, arremolinado en un silbido agudo y quejumbroso que hería los oídos.
En realidad, sólo estás a salvo mientras mantienes las palabras, las frases y las ideas encerradas en tu interior, mientras juegas con ellas y las dejas macerar, bullir en una nebulosa de la que sólo percibes retazos, hebras apenas aprehendibles, imágenes difusas que componen un collage que sólo tú comprendes. Mientras estás en el mundo de lo posible, que sólo tú aprecias y en el que habitas como un demiurgo infinitamente creador, sin límites, sin trabas.
Llega un momento, empero, en que esas ideas se hacen demasiado fuertes, ansían la vida de lo escrito y has de dejarlas salir. Exponerlas a la degradación de lo escrito o ahogarlas para siempre en el silencio. Entonces, rendido ante lo inevitable, templas las palabras eliminando la escoria, lo superfluo, martilleas el teclado moldeando frases y párrafos que acojan a esas ideas mil veces soñadas en tu cabeza. Es un destilado que deja un producto impuro, porque siempre lo imaginado será superior a lo escrito, ya lo dije, y una vez leído nunca sonará tan hermoso, terrible, dramático, poético...
En esta batalla siempre peleo en desventaja, he de reconocerlo, y las más de las veces termino contemplando con pesar la desolación de la derrota.
Ante él se extendía un paisaje áspero, salpicado de rocas, donde sólo unos retazos de musgo amarillento rompían la grisácea monotonía. El viento silbaba agudo, espoleado a impulsos desabridos. Una desolación que acompañaba el vacío de su corazón.