En lo más profundo del bosque, una oquedad rocosa por la que rezuma el agua, gota a gota, deslizándose entre la piedra musgosa, hasta que en un salto vertiginoso, impropio de su trabajoso viaje por la roqueña pendiente, nace la fuente umbría. Agua infatigable que alimenta un pequeño estanque, plácido y fresco, permanentemente sombreado por los sauces que lo bordean.

Allí, justo al lado del salto de agua, hay una roca, húmeda y pulida por el continuo salpicar, que parece moldeada a propósito para la reflexión, que invita al viajero a un no muy arduo trasiego pendiente arriba para descansar de la fatiga y, con suerte, sentir el roce cálido del sol, que serpentea entre las ramas de los árboles y sólo muy de vez en cuando espejea en el agua.

Sentémonos, pues, junto a la fuente umbría.

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miércoles, 3 de mayo de 2017

La caja

Con infinita ternura levantó el brazo de la niña que dormía hecha un ovillo; abrió su mano, pequeña, suave y cálida, y lentamente cogió la caja de madera. La depositó cuidadosamente encima de la mesilla. Su caja de tesoros. La pequeña exhaló un hondo suspiro, masculló en sueños.

"No la abras, papá. Nunca" Sonrió al recordar tan severa admonición.

Conocía parte del contenido: una pequeña concha de vieira, plana, de color rosado, la más bonita de las que cogieron dos veranos atrás; aquella canica brillante, algo desconchada, que encontró en una expedición al trastero de los abuelos; los "diamantes" que dejaron los Reyes Magos en una bolsita de cuero; unas monedas (francos y pesetas en desuso); un dibujo de Spider-Man -uno de los primeros que le abocetó, recuperando viejos hábitos-. Las otras pertenecían al corazón de su hija, a recuerdos e historias privadas, íntimas, a la imaginación de una niña de ocho años. Fueran cuales fuesen.

La arropó un poco y abandonó la habitación para continuar la ronda nocturna.

***

Vivimos en una sociedad inmediata, ansiosa de poseer, disfrutar, utilizar, desechar y correr hacia la próxima experiencia en un ciclo que parece no tener fin. Consumimos como si no hubiera mañana, poseemos infinidad de cosas a las que paradójicamente apenas damos valor, a juzgar por el cúmulo de basura que apilamos sin medida. Llenamos nuestras casas de prendas de un sólo uso, lámparas en las que no puedes reemplazar la bombilla, piezas de mercadotecnia de la última serie de moda, elementos de diseño impersonal, infinidad de cachivaches. 

Todo ello, al mismo tiempo que lanzamos a la nube nuestros recuerdos, nuestras experiencias acumuladas en gigas de fotos y vídeos que mendigan un me gusta en las redes sociales.

Hay momentos en que la paradoja me abruma, la falta de sentido me incapacita, me hace desear huir, correr hasta quedarme sin aliento. Especialmente, cuando veo ese aprecio sin medida que vierten los más pequeños por las cosas más insólitas.

Quiero creer que todavía no han sido mancillados por el ansia consumista -aunque sean tremendamente vulnerables al capricho y a la publicidad- pero ante sus elecciones idiosincráticas -siempre lo que menos esperamos- constato que ese aprecio nace de los sueños, de los juegos, de los recuerdos que vuelcan en esas pequeñas cosas.

Afortunadamente, todavía nos sorprenden con sus elecciones, las verdaderas, cuando con todo a su disposición es lo más inesperado lo que llena sus tardes.

Y lo hacen a pesar de la celeridad con que nos lanzamos a incluirles en el círculo vicioso que nos hemos construido, la noria en la que giramos como un hamster alocado. De este modo, nuestros hijos acumulan una infinidad de juguetes con los que les agasajamos.

Muchas veces me me pregunto qué imagen ofrecerá nuestra cultura material al hipotético arqueólogo del futuro, al cínico Taylor deseoso de restregarle a un orangután sabihondol os hechos, que quizás hubo unos seres humanos antes de los simios. Supongo que habrán de desentrañar lo que fuimos escarbando, reanimando viejas máquinas que guardan en sus tripas digitales monumentos a nuestra estupidez y banalidad.

***

La anciana se levantó del sofá y con el paso ligero, dubitativo e inseguro de algunos mayores, que siempre parecen caminar al borde de la caída llegó al armario, lo abrió y guardó con cariño la fotografía de carné de su bisnieta.Antes de hacerlo se detuvo un instante, miró con los ojos brillantes a su alrededor y sosteniéndola con ambas manos, como si de un tesoro se tratara -en verdad lo era- depositó sus ajados labios en la foto con un sonoro beso.

***

Me viene a la cabeza una escena de La memoria del agua en la que uno de los protagonistas repasa en un ordenador las imágenes de su hijo fallecido. Se trata de un plano corto, con el actor de perfil iluminado por la luz de la pantalla del monitor y los sonoros clics subrayando el vacío.

Es de suponer que ese momento debe transmitir una emoción, podría ser el sufrimiento del padre, incapaz de expresar claramente su pérdida. Pero más que eso, refleja un tremendo vacío, el sinsentido de un tipo cliqueando ante un ordenador en busca de consuelo, de algo.

La escena funciona en el segundo sentido más que en el primero, y posiblemente sea lo que buscara su director.

Una fotografía cosificada en papel mantiene un poder evocador, una cercanía y un consuelo -el mero hecho de contornear un rostro querido- que una pantalla es incapaz de ofrecer, ya que funciona mucho mejor como objeto inalcanzable, intocable. Al menos para el dinosaurio que esto escribe.

En cambio, nos contentamos con almacenar fotos y fotos, vivir a través de lo digital, siempre pendientes de sacarnos en la mejor pose para compartir, como si fuera más importante lo que mostramos en la pantalla que lo que hay más allá.

Extraño mundo que vamos forjando.

Hoy la fuente ha discurrido por meandros no sé si tortuosos pero desde luego poco claros e inconstantes. Así son las musas, así es esta mirada algo ajena que contempla lo que nos rodea.

lunes, 3 de abril de 2017

El ogro no está en casa

Juanito inspiró hondo y resopló al exigir un último esfuerzo a sus nervudos brazos. "Un poquito más" se dijo. Sentía arder las palmas de las manos y cuando se apoyó, tembloroso, en la piedra agradeció la frialdad de las losas de mármol. Por fin había llegado. Ahora sí se atrevió a mirar hacia abajo, a lo largo de la gigantesca mata que había trepado durante casi un día entero. Abajo, mucho más abajo, se podían ver los campos de labor, el molino quejumbroso de los bataneros y el camino real que serpenteaba hacia el este, las luces temblorosas de las granjas salpicaban su trazado. Empezaba a anochecer y los campesinos se recogían en sus moradas.

Con un suspiro se puso en pie, sus piernas protestaron débilmente pero era joven e intrépido y, además, no había nadie en casa. Así lo decía el cuento. Con paso decidido se dirigió al interior del castillo donde le aguardaba la oca de los huevos de oro, graznando al silencio de aquella enorme edificación totalmente abandonada.

***

El otro día, mientras cenábamos los dos solos (mira qué es lento el jodío), el más pequeño me contaba su día en el colegio. Habían estado leyendo un nuevo cuento, Jack y las habichuelas mágicas.

Inciso: Me encantan esos momentos "los dos solos", ya sea con el pequeño o la mayor. Puede ser cuando vas del cole de pequeños al de mayores y el tiempo no apremia o en la cena que se eterniza, como fue este caso. Si quieres dar ejemplo, no te queda más remedio que permanecer al pie del cañón, el trono de la paciencia, lo llamo, hasta que terminan sus judías verdes. La mayor había terminado hacía largo rato y estaba leyendo en la cama. Se sienten libres porque tienen tu absoluta atención y si haces un pequeño esfuerzo -una hora para terminar las judías puede desquiciar al más templado- lo pasas en grande.

A lo que iba. Me contaba la historia de las habichuelas mágicas y en un momento dado dije "y entonces se encuentra con un ogro malvado que custodia la oca".

Miguel detuvo su parloteo y me miró extrañado, pensando que ya estaba su padre inventando cosas. 

No, dijo con el rostro serio, aquí no sale ningún ogro. Había también una pizca de duda en su voz, ¿se había perdido algo?, debía estar pensando.

Haciendo gala de pensamiento rápido reculé y le confirmé que debía ser otra historia de cuando yo era niño. La verdad es que los enanos concilian bastante bien que las cosas difieran de su época a la nuestra. Le pedí que continuara contándome el cuento... en el que ningún ogro custodiaba a la oca, donde Jack no tenía más que agarrar por el pescuezo al ánade en cuestión y coger los huevos de oro... que no sabía para qué servían. Eran de oro, molan. Punto y final.

Le hice un par de preguntas, si Jack pasó miedo escalando o si tardó mucho tiempo en hacerlo, charlamos hasta que terminó sus judías con tomate -mira qué casualidad- y yo me quedé con la historia bien guardada en el coleto.

Me pregunto si no nos estaremos pasando con eso de proteger y no traumatizar a los pequeños y siempre me viene a la cabeza la afirmación que comparto con una amiga arqueóloga: "los antiguos eran antiguos, no idiotas", la cual nos sirve para explicar muchas a cosas a la gente que se sorprende de la existencia de alcantarillado o de la elección de sitios privilegiados para alzar ciudades o pueblos... no sé, por ejemplo, alejados del cauce de un río.

Creo que si sustituimos antiguos por niños, la expresión conserva toda su validez.

La cuestión es que en mi experiencia los pequeños asumen muy bien la existencia de los malvados, puede ser más bonito o enriquecedor que algunos puedan llegar a convertirse en personas o monstruos decentes, pero no pasa nada si alguno de ellos recibe una solución expeditiva. Es más, en ocasiones, lo están deseando. Es sobre todo una cuestión de tono y regodeo, creo yo, pero no pasa nada porque el ogro sea derrotado por su avaricia y caiga castillo abajo o que la malvada bruja se derrita cuando Dorotea le arroja un cubo de agua.

Los villanos, los ogros, las brujas cumplen una función en los cuentos, al igual que los héroes, ayudan a visualizar el bien y el mal, lo moral de lo inmoral y permiten que los pequeños sientan que pueden salir victoriosos. Que la luz es capaz de derrotar a la oscuridad.

¿Quiere decir esto que todas nuestras historias deben ser maniqueas? No, por San Christian Andersen. Hay magníficas historias donde no existe un villano o, el aparente villano, no lo es realmente. Historias que contribuyen a adentrarnos poco a poco en la realidad de los grises. Por ejemplo, el maestro Miyazaki con hermosísimas películas aptas para la infancia, Totoro o Ponyo en el acantilado, muestra cómo narrar sin villanos.

Pero creo que les hurtamos algo a nuestros pequeños cuando dulcificamos su entorno hasta el extremo en que las brujas, los ogros y los villanos desaparecen de la función.

Mientras escribía estas líneas me encuentro con este artículo en el que cuentan cómo esta sobreprotección infantil encorseta de mala manera la literatura infantil e incluso mucha de la materia que se da en clase: Literatura infantil: miedo, brujas, ogros y autocensura. Descubro también que es el día de la literatura infantil.

Así que por una vez los astros se alinean y la fuente umbría discurre por senderos actuales, cosa realmente extrañísima. Seguramente, alguna bruja está tejiendo mi destino en su rueca.



sábado, 11 de marzo de 2017

Cielo azul promesa

La fuente umbría saltaba de peña en peña briosa, sin mesura, despilfarrando las aguas lentamente acumuladas en los hielos invernales, salpicaba juguetona los lindes del estanque arrancándolo de su letargo, urgiéndolo a unirse en su canto victorioso, a la explosión de verdor que todavía con pudor asomaba en los sauces. 

Deméter sonríe ante la inminente llegada de su hija desde las profundidades del Averno. Hades volverá a mirar con rencor a Zeus y se sumirá en pensamientos todavía más lúgubres y negros. Perséfone ya camina descalza por la hierba, con la promesa de la primavera en sus manos.

***  


Ha llegado, por fin. 

Ese primer día que anuncia la primavera, todavía fresco, engañoso -volverán los fríos- pero el cielo despejado, de un intenso azul claro, velazqueño, el sol amable, amistoso, con ganas de brillar y el aire vibrante, vivificante no engañan: a regañadientes, el abuelo invierno va alejándose aunque su largo brazo todavía nos sujete por el hombro y haya de darnos un fuerte apretón de despedida, un abrazo que no debiera cogernos por sorpresa. 

Sin embargo, hoy dejamos que la promesa de la primavera embargue nuestros corazones. Hay algo casi místico en este primer día, pleno de renacimiento. Los falsos almendros que puedes encontrar en cualquier pequeña plaza de Madrid lucen esplendorosos, saludan a tu paso y exhiben insolentes sus flores rosadas, llenan de color cada esquina rompiendo la monotonía gris cemento de los edificios.

Si respiras hondo y te detienes un momento puedes sentirlo. La opresión cotidiana, las prisas con las que te encaminas hacia la vorágine diaria: levanta a los niños, corred, desayunad, lavaos los dientes, vamos, vamos, adiós, tened un día genial, vuela al trabajo, agota la jornada. Todo ello desaparece. 

Hoy miras a los enanos de otra manera, camináis más despacio, te detienes junto a los árboles en flor, te prometes llevarlos a la Quinta de los Molinos y, por primera vez en muchos días, te sientes más vivo, más feliz.

Vuelven las fuerzas, largo tiempo aletargadas; los proyectos en hibernación, ideas pesadas que nunca terminan de germinar recobran su atractivo, se aclaran conceptos, tramas, párrafos, argumentos. Todo parece más sencillo, de una evidencia casi insultante, iluminados por ese sol reconfortante, aventados por ese aire a promesa de primavera que inunda tus pulmones.

Te sientes pagano en este renacer, en este día comulgas con la naturaleza que se despereza y abre los ojos somnolienta. 

El sol primerizo calienta tu cuerpo, tarareas No surrender de Bruce Springsteen convencido de que mientras vuelvas a sentirte así cada primavera, la cotidianidad, el lento martillear de la vida no te habrán doblegado y tus sueños seguirán a la vuelta de la esquina, aguardando.

domingo, 12 de febrero de 2017

Mil vidas y ninguna

Tumbado en la fresca yerba, con el arrullo del agua adormeciendo sus sentidos y la vista perdida en el cielo azul, donde unas pocas nubes difuminadas espoleaban imágenes ora de titanes disputando ora de velocísimas bestias surcando el firmamento, dejó pasar el tiempo y las emociones que turbaban su corazón fueron apagándose, como un instrumento con sordina deja morir la música lentamente. 

***

Fabulamos, sentimos, sufrimos; jugamos una y otra vez con nuestras criaturas, con situaciones imposibles, sufrimientos improbables que van dando un carácter propio a lo que escribimos. Ponemos mucho de nosotros, de lo que somos, de lo que creemos ser, de lo que nos gustaría ser, en esos personajes que nos acompañan durante mucho tiempo, incluso más allá del momento en que das carpetazo a su historia -y ya digo que las mías acaban muriendo mucho antes de ver la luz, pero imagino que el sentimiento es compartido por cualquier fabulador.

¿Qué ocurre cuando nos poseen?, ¿cuando la esquiva musa se apropia de nosotros y escribimos, escribimos como posesos, apenas conscientes de lo que nos rodea?

Puede ser un día entero, pueden ser unas increíblemente productivas horas o ese momento en el que ideas vagas confluyen en mística conjunción obedeciendo a un plan oculto que sólo en ese momento de epifanía se te revela. Te conviertes en profeta, el vago humo de las ideas fermenta y se materializa invocado por la musa esquiva a la que las más de las veces has de convocar con esfuerzo, sudor y oficio.

Mientras tecleo esto me vienen a la cabeza las palabras que escribiera Robert E. Howard:

"[...] pareció crecer en mi mente sin que hiciera falta demasiado trabajo por mi parte, e inmediatamente una riada de historias empezó a fluir de mi pluma -o, más bien, de mi máquina de escribir- sin mediar casi esfuerzo por mi parte. Fue como si, en lugar de crear, estuviera relatando unos hechos que habían tenido lugar realmente [...]. El personaje de apoderó por completo de mi mente y expulsó de allí todo lo relacionado con la escritura, a excepción de sí mismo" (1).

Concedo que podría haber buscado una cita algo menos pulp y más canónica pero expresa muy bien la sensación de posesión que puede asaltarte en esos momentos afortunados en los que la chispa prende y los personajes cobran vida más allá de lo que parecería sano.

A través de ellos has vivido mil emociones, mil sufrimientos, mil vidas. Pueden, en algunos momentos, convertirse en compañeros más fiables, más leales que los de la propia realidad y me pregunto, a veces, sólo a veces, qué te dejan qué efecto tienen en el humos de nuestra mente, en nuestras entrañas.

Si a un lector ávido le sorbieron el seso las novelas de caballerías, ¿qué marca indeleble pueden dejarnos a los fabuladores?, ¿podemos aspirar a salir indemnes de tal ejercicio?

Descarto los casos de identificación plena que hemos leído u oído en el caso de algunos actores que mientras viven un personaje se vuelven mezquinos como él o acaban al final de sus días viviendo en ataúdes. No. La cuestión que me asalta es algo más sutil. Intentaré explicarme.

Posiblemente, si estamos cuerdos podemos salir del trance creador sin señal alguna, mas no puedo dejar de pensar que a veces, sólo a veces, cuando toman prestada tu capacidad de emocionarte, de sentir, van consumiéndola poco a poco.

Supongamos que cuando fuerzas tu corazón a sufrir o a exaltarse, dejas volar tu mente hacia momentos dolorosos imaginados, hacia dilemas imposibles que pongan a prueba tus sentimientos -los que has de prestarles a ellos, con los que has de insuflarles algo de alma- entregas una pequeña parte de ellos, una parte diminuta, infinitesimal. Tan sólo un ápice de esa misma emoción.

Entonces, sin quererlo, ya hay una pequeña huella, de algún modo has mancillado la pureza de tu capacidad de sentir. ¿Qué ocurre cuando la vida, la vida real, la que te acaricia, golpea o ignora te pone a prueba y te enfrenta con esa emoción, con esa situación mil veces imaginada, mil veces sentida?

Es como cuando has practicado cien veces una entrevista, una respuesta a una pregunta incómoda. Has forjado un automatismo.

¿Puede ocurrirnos lo mismo? Quizás, sólo quizás, no lo vives igual porque ya has imaginado mil veces situaciones y emociones parecidas, has explorado todas las reacciones posibles y plausibles; has imaginado rabia y desolación, abatimiento y resignación, alegría y exaltación, amor y cariño, melancolía. ¿Y si en vez de sentir estuvieras escogiendo de un repertorio? ¿la más adecuada a la imagen que de ti has creado? ¿Y si la experiencia, el saber con el que has jugueteado en tus mundos imaginados, fuera consumiendo tu capacidad genuina, la emoción de la primera vez?

Incluso podrías ir más allá. Mientras una parte de ti vive inmersa en esa realidad, otra la desmenuza y clasifica pensando en qué puedes utilizar más adelante, en cómo puedes aplicar esa enseñanza para dotar de mayor veracidad a tus monstruos.

Sí, digo monstruos porque en ese instante te arrastran a su mundo sin compasión alguna por ti, su pobre fabulador incapaz de encadenar a sus criaturas.

Es solamente una hipótesis, una idea que vaga desde hace tiempo entre las sombras de mi cabeza, esos abortos que nunca germinan, que claman contra la nada a la que los condeno.

Una pregunta, una duda, un temor incluso, que en algunas madrugadas, ante el silencio de la pantalla en blanco, se enseñorea del campo devastado de mis proyectos:

¿Y si al imaginar mil vidas no vivieras ninguna?
 

***

Dejemos que la aguas vuelvan a su cauce, busquemos la paz que nos proporciona esta fuente umbría que sirve de punto de ancla a este río que discurre al azar, sin rumbo fijo ni control.



(1) Tomado de Conan, el Cimmerio 1, Robert E. Howard. editorial Timun Mas






viernes, 30 de septiembre de 2016

Dos veranos

El hombre se arrodilló con tristeza. Incluso allí había llegado la sequía, el sol había agostado aquel frondoso y umbrío lugar, imponiendo su marca quebradiza y polvorienta sobre el ramaje antaño verde.

Como la respiración de un moribundo que persevera en aferrarse a la vida un hilillo de agua se escondía a la sombra de las rocas y se deslizaba furtivo, temeroso de los rayos fulgurantes del más tórrido verano que recordaban los más ancianos, hacia la menguada charca en busca de refugio.

Todavía había esperanza.


***

Inexorable. El tiempo pasa a una velocidad sorprendente. Casi dos años desde que me planteara este ejercicio exhibicionista que tanta renuencia inspiraba en mis entrañas. 

Cinco entradas en ¡dos años!, ritmo de producción que no envidiaría ni el propio Leonardo Da Vinci, quien nunca llegó a sentirse satisfecho con su Gioconda ni, probablemente, con ninguna de sus obras. 

Podría escudarme en que ha sido una resistencia pudorosa y la toma de conciencia sobre la ironía de exponer pensamientos que, con gran certeza, a nadie incumben han sido los factores decisivos para tan magra producción.

También podría fingir que han sido mis otras ocupaciones las que han consumido el escaso tiempo disponible, en detrimento de este proyecto. Proyecto que, a fin de cuentas, no tiene un objetivo claro y apenas sirve como exorcismo para esos pensamientos, ideas, esbozos, párrafos inacabados que se acumulan, triste humus improductivo, en mi interior. 

Sí, son mentiras que podría susurrar cada vez que mis ojos se posasen por la carpeta digital que contiene los apuntes para este espacio.

Pero si a algo me debo es a una mínima honestidad personal. Triste sería engañarse en un ejercicio al que nadie me ha llamado.

Ha sido ese dios rutinario que te seduce día a día, susurrando en tu oído y vertiendo un icor de flor de loto: descansa en mis brazos, deja que te meza con suavidad y adormezca inquietudes e impulsos. Te has ganado un merecido descanso. 

Es tan fácil dejarse llevar por el día a día. Aceptar que estás demasiado cansado como para imponerte una nueva obligación.

Y son tantos los matatiempos que bullen a nuestro alrededor y facilitan semejante rendición. Tantos que incluso empiezan a surgir negocios para recordarnos la cantidad de tiempo que invertimos en ellos. Me aparto, no obstante, de este camino que desembocará, a buen seguro, en una diatriba contra la vida moderna que rozará el maniqueísmo más perverso.

No. No es la finalidad de esta entrada. Ya llegará el canto a un tiempo perdido (estamos en la edad).

No. La finalidad es emplazarme a este compromiso conmigo mismo. He perdido un par de batallas, veamos si se puede lograr alguna victoria.

El agua mana turbia, quizás mañana fluya con mayor transparencia.




martes, 30 de diciembre de 2014

Notas sobre el tráfico

El verano todavía colea en los primeros días del otoño: cálido, luminoso, con ese cielo azul cobalto de Madrid que enardece el ánimo; los coches ruedan por la calle con su habitual indiferencia y constancia, el tráfico perenne e inexplicable de la capital; la gente camina aliviada por la inesperada templanza del clima, haciendo acopio del sol antes de las penumbras del invierno.

Es un día cualquiera.

Entonces, oigo los acordes. Notas perdidas que atraviesan con dificultad el ruido del tráfico a la búsqueda de un oído amigo. Es un piano que suena con insistencia, firme ante la incongruencia de reñir con el sordo rugido de los coches, cuando lo apropiado sería un salón tenuemente iluminado, un auditorio receptivo e íntimo.

A merced de esas notas, la tarde cotidiana, el final de la jornada, se transforma. Levanto la cabeza y acelero el paso, husmeando como un sabueso, busco el origen de la música.

Unos metros más adelante, un corrillo disperso de transeuntes curiosos me señala la escena: un piano blanco en la esquina, un hombre de chaqué, de riguroso negro, acaricia las teclas compitiendo con las prisas y la indiferencia que nos escudan en nuestro peregrinar por la ciudad.

Antes de haberme decidido, ya he encaminado mis pasos hacia los pocos que, con cierto aire complice, escuchan al pianista.

La mayor parte de de la gente se detiene apenas unos instantes, mira a su alrdedor buscando una explicación, una causa que justifique a ese hombre tocando el piano. Al no encontrarla, reemprenden el camino con paso enérgico, como para recuperar el tiempo perdido. Imagino que muchos no volveran a pensar en ello.

En otros, puedes notar cierto azoramiento, una vergüenza apenas expresada, que no sabes si nace de haberse detenido o de la incapacidad de quedarse, quizás lamentan no disfrutar de un breve momento mágico.

Porque hay magia en ese pianista y en su blanco e inmaculado piano. No es lo sorprendente de la escena: un piano en una de las esquinas más concurridas y transitadas de la ciudad; es la fuerza de la música, esa unión de notas, tempo y armonía, que conmueve nuestras entrañas.

Cierro los ojos, dejándome llevar por una melodía que no reconozco y, de pronto, esa magia se rompe. Un recuerdo, amargo, preñado de contradicción acude a mi memoria.

***

No inducía a la compasión, ni siquiera un atisbo de pena. Más bien al contrario. Ligeramente desaliñada, el pelo sucio recogido en un moño alto, gafas, vulgaridad, ropas anchas y desastradas, lo más llamativo: un único pendiente, un arito sencillo, en la oreja. 

La voz estridente y los modales de quien pide por oficio, en la vertiente indignada con el mundo. “Sólo les puedo ofrecer mi música”, una voz chillona que hiere los oídos. 

Los acordes mal tocados de la Novena Sinfonía de Beethoven sonando en una armónica vieja. ¿Una decisión casual fruto de la popularidad de la melodía o una forma sutil de echarnos en cara, rostros ausentes, gestos cansados, miradas esquivas, nuestra indiferencia, en definitiva? 

"Todos somos hermanos en el regocijo de la alegría... Abrazaos millones de seres", dice el poema de Schiller que usó Beethoven.


Pasó con el monedero abierto, esperando alguna limosna.

Nada.

Sólo cuando se alejaba hacia el otro extremo del vagón, la mano extendida con el monedero, monedero anémico, solitario derrotado por la indiferencia. Sólo en ese momento, la irritación dio paso a algo parecido a la piedad, a la compasión.

No hice nada.

***

Navegamos en un mar de contradicciones, peleles tironeados por mil impulsos opuestos, irreflexivos, buscando constantemente un norte, unos principios que violar al primer momento de inconstancia.

Magia y miseria se dan la mano en ese mismo instante, aunados por uno de los más hermosos actos creadores de la Humanidad.

Lo decía Richard Wagner en boca de Beethoven al hablar sobre la composición de la Novena Sinfonía en Un músico alemán en París: "Pronto conocerá usted una nueva composición mía, que le recordará esto sobre lo que yo me manifestaba ahora [...] he decidido a utilizar el bello himno de nuestro Schiller A la alegría; éste es en todo caso un poema noble y conmovedor, aunque muy alejado de expresar lo que realmente no puede expresar en este caso ningún verso del mundo".

El flagelo golpea en mi interior más fuerte que cualquier reproche, más fuerte que ese monedero vacío que agitaba una mano vencida, rendida a la indiferencia. Soy yo mismo quien lo enarbola.

Con resignación, reanudo el paso, me alejo de la música que suena en mis oídos y en mi recuerdo.

Me sumerjo en la multitud anónima.

domingo, 26 de octubre de 2014

Ese libro

Ese libro que para ti, sólo para ti, entraña un significado único; te ata al pasado con un lazo irrevocable, a un momento en que todo era más brillante. No porque fuera mejor sino porque todo estaba más lejos, porque las posibilidades yacían ante ti desperdigadas, diseminadas en el camino de la vida que empiezas a transitar.

Este libro no es, desde luego, EL LIBRO -no estoy seguro siquiera de tenerlo- aunque de hacer una lista (sentimental) figuraría en ella sin dudarlo. Quizás porque desapareció y a lo largo de los años su presencia sobrevoló como una sombra, un hueco en la estantería, en las múltiples estanterías que he ido llenando con el tiempo y que siempre estuvieron faltas de él.

Tampoco es un gran libro, ni siquiera el primero de su género que cayera en mis manos, pero afirmó un sendero que entonces apenas estaba hollando, que he recorrido muy gustoso y al que vuelvo a pesar del polvo y las malezas que lo cubren en mi ausencia.

Se trata de Leyendas y figuras mitológicas de Emilio Genest, publicado por Editorial Juventud. 




En él se abordan los principales mitos greco-romanos en un lenguaje sencillo con ese tono pudoroso tan propio de principios del siglo XX pero con indudable encanto y capacidad evocadora. El Caos, el nacimiento y ocultación de Júpiter del ansia devoradora de Saturno, el ascenso de Júpiter al trono del Olimpo y sus amoríos componen el primer tercio del libro; Genest continúa con un repaso por las principales divinidades olímpicas: Minerva, Neptuno, Plutón, Vulcano, Venus, Apolo, Diana, Mercurio y Baco; y termina con un resumen de catorce semidioses, héroes y personajes griegos, de Hércules a Jasón, pasando por algunos atípicos en este tipo de recopilaciones como Belerefonte (vencedor de la Quimera), Atalanta o Ifigenia.

Observará el lector atento que he utilizado los nombres latinos y no los griegos, pues así lo hace el autor y esos fueron para mí los primeros nombres del panteón olímpico. Luego llegarían otras lecturas y descubriría a la ojizarca Atenea en los versos de Homero, pero eso es otra historia.

Vuelvo al libro de Genest, que cuenta con unas maravillosas ilustraciones de Joseph Kuhn-Regnier, ilustrador francés nacido en 1873, cuyo estilo, delicado y muy años veinte, se inspira en las cerámicas de figuras rojas y negras de la Grecia antigua, de donde coge la mayor parte de sus temas. 


Perseo y Andrómeda (Kuhn-Regnier)


Edipo y la esfinge
(Kuhn-Regnier)


El juicio de Paris (Kuhn-Regnier)
La delicadeza de sus ilustraciones fue el hilo de Ariadna que trajo de vuelta este libro a mis estanterías. Indagando sobre este artista algo más tarde, descubrí una vertiente más picantona en sus imágenes habiendo ilustrado Les Chansons de Bilitis, una colección de poemas a la manera de Safo.

Porque, como he comentado, este libro desapareció. En algún momento le perdí la pista, quizás prestado, quizás guardado en alguna caja escondida. Nunca olvidado, quedó relegado al ahondar en las fuentes originales, al empaparme en Homero, Sófocles, Esquilo, algo menos Eurípides, Ovidio, Apolodoro o Apolonio de Rodas.

El libro permanecía, no obstante, como un dolor fantasma, el recuerdo de una extremidad perdida, que afloraba al reparar en el estante de los libros de mitología, incompletos sin él. Pero era un dolor soportable, apenas un breve y ocasional pinchazo.

Entonces llegó el momento, la necesidad de volver a tenerlo, de conectar con ese pasado, esa añoranza. Probablemente fruto de los años que vas dejando a tus espaldas o de los ojos brillantes que esperan nuevas historias, que observan tu frente ceñuda mientras compones, de forma apresurada, mezclando lo leído con lo imaginado, una aventura que regale sus tiernos oídos y satisfaga sus ansias de maravilla.

Recuerdas la emoción con que pasabas las hojas y te deleitabas con sus imágenes en tonos ocres, blancos y negros que te transportaban a otros mundos, a otra época.

Quieres tenerlo, no sólo por lo que significa para ti sino por lo que, en potencia, podría significar para ellos. Y emprendes la búsqueda, rastreas en la red (una imagen que logras encontrar: el juicio de Paris, ni idea del autor o del título del libro), preguntas en librerías y lanzas preguntas, necesariamente difusas, al hiperespacio.

Y, por fin, llega. Mención honorífica al contertulio Faustoea de Sedice quien identificó acertadamente a Kuhn-Regnier y el libro de Emilio Genest (nombres que ya no olvidaré nunca).

Vuelve a estar en mis manos. Sólo un pesar, no es la edición de los 90, la que siempre me acompañó, y no figura en su portada ese desfile triunfante de Baco-Dioniosios. No importa. Está ahí, por si ellos, alguna vez, quieren asomarse a sus páginas. 

Una reseña de la primera edición en el ABC del 19 de abril de 1928 resume a la perfección mi opinión sobre este libro. Dice así: "Dicho libro, de Emilio Genest, representa importante aportación a la cultura contemporánea, puesto que es una completa historia de la Mitología, tan útil como interesante para los lectores en general [...]".

Este libro tiene, pues, casi cien años y sigue abriendo puertas al Olimpo. Dije que no era un gran libro pero alguna virtud ha de tener si perdura casi un siglo después y, más modestamente, ha persistido en mi memoria durante años.

Por fortuna, la fuente umbría tiene poco que ver las aguas del Leteo -vuelve la maldición latina- y ha regado con profusión esta añoranza recuperada con éxito.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Apuntes

Se acercó al borde de la charca, por entre las ramas de los sauces, y buscó un lugar seco donde sentarse en la orilla. Allí, tomó su cuaderno de la ajada mochila de cuero, lo abrió por la primera hoja en blanco que encontró y tras una corta inhalación comenzó a dibujar. Sus ojos iban de una imagen a otra, revoloteando como un colibrí, deteniéndose sólo su suficiente para que su mano, segura y rápida, abocetara rápidamente lo que había captado su atención. 

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Al igual que un dibujante ejercita su pulso emborronando el primer papel en blanco que encuentra, ya sea el boceto de un trabajo que tiene en mente, una imagen que le llama la atención mientras espera al amigo inconstante que siempre llega tarde o esbozos recurrentes en los que puedes seguir su evolución y sus obsesiones particulares; del mismo modo sientes la necesidad de jugar con situaciones, descripciones y frases que se repiten de forma constante en tu memoria. Imágenes que transformas en palabras con la esperanza de que reflejen fielmente las emociones que despiertan en tu interior. O los pensamientos, creencias y códigos sobre los que vuelves una y otra vez.

La mayor parte de estos párrafos imaginados quedan enterrados en la memoria donde el polvo del olvido los cubre pudorosamente. Pasado ese momento de inspiración y llegado el de trasladarlos al papel nunca quedan tan brillantes, tan potentes. Mejor, el olvido.

Sólo con mucho esfuerzo salen a la luz. Ya dije que esta fuente umbría tenía mucho de libertadora de pensamientos pergeñados, madurados en la oscuridad durante mucho tiempo.

Me faltan, lo reconozco, disciplina, sentido y objetivo para volcarlos al papel. Sigo siendo un romántico irremediable, hablo y pienso en papel, añoro la pluma con la que pocas veces escribí. Lo sustituimos por la pulcra eficiencia del procesador de texto, aunque se empeñe en corregirte palabras, frases y expresiones correctas.

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Era un paraje roqueño, áspero, apenas suavizado por sombras de musgo amarillento, que bregaba una batalla solitaria en los intersticios de las peñas. Una imagen de desolación barrida por un viento desabrido, que se arremolinaba en un silbido agudo y quejumbroso hiriendo los oídos. 

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Decía que me faltan objetivo y disciplina. Es cierto. Si bien esa ausencia no empaña la emoción de buscar la palabra adecuada, el orden y tono exactos; es más, puede que espolee esa búsqueda. Una actividad que no siempre resulta placentera pero que deviene en un juego absorbente, capaz de mantenerte frente a un párrafo probando con sutiles cambios, insignificantes unas veces, radicales, otras.

Es una búsqueda hermosa, hasta noble, y como todas, ardua y frustrante; un Grial de infinitas posibilidades que apuras durante horas y horas, siempre con un regusto amargo.

A veces, mientras contemplas lo que vas tecleando -seamos precisos y dejemos de lado el romanticismo- la duda crece al tiempo que lo hace un impulso terrible: borrarlo todo y comenzar de cero. Es más, hay algo oscuro, casi perverso y seguramente vengativo en ese deseo de empezar de nuevo: una rebelión contra la fuerza de lo ya escrito. 

Las palabras impresas en la hoja adquieren vida propia, escapan de tu control, e inician un desafío silencioso y altanero. Lees lo escrito y comienzas a dudar de tu capacidad para terminarlo, te detienes ante un cambio que quizás arruine todo un párrafo en el que has volcado todo tu esfuerzo, temes destruir la trabazón interna que sentías seguir o, simplemente, sospechas que has llegado a un callejón sin salida. Sólo algunas veces te sorprendes ante la fuerza de lo escrito y esas ocasiones pueden llegar a ser las peores, pues reconoces tu incapacidad para estar a la altura de ese brevísimo momento de gloria.

Así pues, puedes verte arrastrado a un abismo de inseguridad que te atenaza con fuerza, en el que sólo ves oscuridad, un dédalo de palabras, frases, significados que navegan en un mar embravecido de posibilidades infinitas. Si cedes y te dejas arrastrar a sus profundidades cambiantes puede ser el final de tu aventura, una condena al ostracismo para esa historia que pugnaba por nacer, que bullía reverberando en tu interior. A veces, sabes que haces lo correcto, otras, tendrás siempre la duda.

Es un proceso duro al que sólo pones coto por cansancio o por una moderada satisfacción (al volver sobre un texto siempre estarías dispuesto a cambiar algo, por mínimo que fuera).

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Era un paraje roqueño, áspero, apenas suavizado por sombras de musgo amarillento, bregando en los intersticios de las peñas una batalla solitaria. Una imagen de desolación barrida por un viento desabrido, arremolinado en un silbido agudo y quejumbroso que hería los oídos. 

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En realidad, sólo estás a salvo mientras mantienes las palabras, las frases y las ideas encerradas en tu interior, mientras juegas con ellas y las dejas macerar, bullir en una nebulosa de la que sólo percibes retazos, hebras apenas aprehendibles, imágenes difusas que componen un collage que sólo tú comprendes. Mientras estás en el mundo de lo posible, que sólo tú aprecias y en el que habitas como un demiurgo infinitamente creador, sin límites, sin trabas.

Llega un momento, empero, en que esas ideas se hacen demasiado fuertes, ansían la vida de lo escrito y has de dejarlas salir. Exponerlas a la degradación de lo escrito o ahogarlas para siempre en el silencio. Entonces, rendido ante lo inevitable, templas las palabras eliminando la escoria, lo superfluo, martilleas el teclado moldeando frases y párrafos que acojan a esas ideas mil veces soñadas en tu cabeza. Es un destilado que deja un producto impuro, porque siempre lo imaginado será superior a lo escrito, ya lo dije, y una vez leído nunca sonará tan hermoso, terrible, dramático, poético...


En esta batalla siempre peleo en desventaja, he de reconocerlo, y las más de las veces termino contemplando con pesar la desolación de la derrota.

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Ante él se extendía un paisaje áspero, salpicado de rocas, donde sólo unos retazos de musgo amarillento rompían la grisácea monotonía. El viento silbaba agudo, espoleado a impulsos desabridos. Una desolación que acompañaba el vacío de su corazón.

jueves, 2 de octubre de 2014

Pero Miguel



"Pero Miguel", la expresión llega estruendosa, una andanada imprevista, inmisericorde y no exenta de cierta brutalidad. Por un momento, el silencio se adueña de mí, un breve destello de incredulidad, un muy contenido orgullo y un pinchazo de tristeza me asaltan en lo que tardo en dar un paso atrás, desplazándome lo imprescindible, mientras enarbolo un apaciguador vale. El socorrido vale que acude presto a la menor ocasión.

Dejo hacer mientras pienso que lo que me ha impactado, paralizado, no es el nombre propio en labios de mi hija de cinco años, ¿dónde quedó el papá o ese papi zalamero cuando quiere algo -algo que también parece innato-?

No.

Es la advertencia, la suficiencia que destilan esas dos palabras, tan bien utilizadas, tan bien entonadas. Puedo yo sola, ya lo sé, no me lo repitas, se condensan en ese “Pero Miguel” que ha llegado a traición, sin aviso alguno.

Me pregunto en qué escuela lo ha aprendido, ¿en qué momento alcanzó la sabiduría para conocer el momento, el tono y el tempo justos para dejar caer esas dos palabras con tanto tino? De pronto, tan solo con pronunciarlas, se convierte en adulta, se alza para mirarte de igual a igual. 

Me digo a mí mismo que no hay nada premeditado, consciente o perverso en ello. Con humildad, me maravillo (otra vez) ante el desarrollo de procesos mentales que, en nuestra ignorancia y convencidos de nuestra adulta superioridad, consideramos impropios de niños.

Seres a los que no siempre sabemos tratar, ora como incapaces, entes inmaduros que se pueden romper a la menor presión, ora como adultos en miniatura a los que exigimos que asuman una vida que nos ha costado años asimilar, dejando la infancia por el camino. Nos olvidamos de que tienen su propia esencia, lógica y coherencia interna; que ponen toda su imaginación, intuición, vountad, recursos, conocimiento y experiencia para afrontar un mundo que no comprenden (¿lo hacemos nosotros?), un mundo constreñido por normas arbitrarias y, fundamentalmente, por nuestra propia inconstancia. Lo que me recuerda a esta divertida reflexión de Neil de Grasse Tyson: Deja que los niños jueguen. No sé si será un gran científico pero sí me parece un maravilloso divulgador.

Quedan ahí esas dos palabras "Pero Miguel" resonando en el aire, creando un pequeño vacío, que poco a poco irá ampliándose con el tiempo. Es inevitable. Está creciendo.

No me importa. 

En realidad, sí me importa. Lucharé con todas mis fuerzas para que conserve lo mejor de ser un niño, para que no huya de la infancia como de un campo devastado con nuestras ensoñaciones añorantes de un pasado idealizado. 

Han de encontrar su propio camino a través de la infancia, aunque eso suponga abandonar el sendero que le hemos trazado, amorosamente, con tanto mimo o se manifiesten con ese "Pero Miguel" que se escucha brutal en tan tiernos labios. 

Sólo podemos aspirar a dotarles de las herramientas necesarias para andar ese camino que será, necesariamente, distinto al nuestro o al que imaginamos. 

Con todo, lo más importante es que, a pesar de todos los "Pero Miguel", y habrán de venir más -algunos mucho más dolorosos que éste-, seguiré estando ahí, a medida que construya su propio camino; a uno, dos o tres pasos de distancia, a los que sean necesarios, los que vaya reclamando... y peleando. Porque, y esta es la ironía final, tendrá que pelearlos. Está inscrito en nuestro ADN, no cederemos fácilmente y posiblemente nunca asumamos esa realidad: tienen que crecer.

Hoy la fuente brota límpida, cristalina y fresca, nutrida por emociones y reflexiones de lo cotidiano; un hito para un padre, algo que ocurre desde hace milenios. 

Está creciendo.