En España se tituló La carta final. Sin comentarios.
En lo más profundo del bosque, una oquedad rocosa por la que rezuma el agua, gota a gota, deslizándose entre la piedra musgosa, hasta que en un salto vertiginoso, impropio de su trabajoso viaje por la roqueña pendiente, nace la fuente umbría. Agua infatigable que alimenta un pequeño estanque, plácido y fresco, permanentemente sombreado por los sauces que lo bordean.
Allí, justo al lado del salto de agua, hay una roca, húmeda y pulida por el continuo salpicar, que parece moldeada a propósito para la reflexión, que invita al viajero a un no muy arduo trasiego pendiente arriba para descansar de la fatiga y, con suerte, sentir el roce cálido del sol, que serpentea entre las ramas de los árboles y sólo muy de vez en cuando espejea en el agua.
Sentémonos, pues, junto a la fuente umbría.
viernes, 7 de octubre de 2016
Ten paciencia
En España se tituló La carta final. Sin comentarios.
domingo, 26 de octubre de 2014
Ese libro
Tampoco es un gran libro, ni siquiera el primero de su género que cayera en mis manos, pero afirmó un sendero que entonces apenas estaba hollando, que he recorrido muy gustoso y al que vuelvo a pesar del polvo y las malezas que lo cubren en mi ausencia.
Vuelvo al libro de Genest, que cuenta con unas maravillosas ilustraciones de Joseph Kuhn-Regnier, ilustrador francés nacido en 1873, cuyo estilo, delicado y muy años veinte, se inspira en las cerámicas de figuras rojas y negras de la Grecia antigua, de donde coge la mayor parte de sus temas.
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| Perseo y Andrómeda (Kuhn-Regnier) |
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| Edipo y la esfinge (Kuhn-Regnier) |
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| El juicio de Paris (Kuhn-Regnier) |
Porque, como he comentado, este libro desapareció. En algún momento le perdí la pista, quizás prestado, quizás guardado en alguna caja escondida. Nunca olvidado, quedó relegado al ahondar en las fuentes originales, al empaparme en Homero, Sófocles, Esquilo, algo menos Eurípides, Ovidio, Apolodoro o Apolonio de Rodas.
El libro permanecía, no obstante, como un dolor fantasma, el recuerdo de una extremidad perdida, que afloraba al reparar en el estante de los libros de mitología, incompletos sin él. Pero era un dolor soportable, apenas un breve y ocasional pinchazo.
Entonces llegó el momento, la necesidad de volver a tenerlo, de conectar con ese pasado, esa añoranza. Probablemente fruto de los años que vas dejando a tus espaldas o de los ojos brillantes que esperan nuevas historias, que observan tu frente ceñuda mientras compones, de forma apresurada, mezclando lo leído con lo imaginado, una aventura que regale sus tiernos oídos y satisfaga sus ansias de maravilla.
Recuerdas la emoción con que pasabas las hojas y te deleitabas con sus imágenes en tonos ocres, blancos y negros que te transportaban a otros mundos, a otra época.
Quieres tenerlo, no sólo por lo que significa para ti sino por lo que, en potencia, podría significar para ellos. Y emprendes la búsqueda, rastreas en la red (una imagen que logras encontrar: el juicio de Paris, ni idea del autor o del título del libro), preguntas en librerías y lanzas preguntas, necesariamente difusas, al hiperespacio.
Y, por fin, llega. Mención honorífica al contertulio Faustoea de Sedice quien identificó acertadamente a Kuhn-Regnier y el libro de Emilio Genest (nombres que ya no olvidaré nunca).
Vuelve a estar en mis manos. Sólo un pesar, no es la edición de los 90, la que siempre me acompañó, y no figura en su portada ese desfile triunfante de Baco-Dioniosios. No importa. Está ahí, por si ellos, alguna vez, quieren asomarse a sus páginas.
Una reseña de la primera edición en el ABC del 19 de abril de 1928 resume a la perfección mi opinión sobre este libro. Dice así: "Dicho libro, de Emilio Genest, representa importante aportación a la cultura contemporánea, puesto que es una completa historia de la Mitología, tan útil como interesante para los lectores en general [...]".
Este libro tiene, pues, casi cien años y sigue abriendo puertas al Olimpo. Dije que no era un gran libro pero alguna virtud ha de tener si perdura casi un siglo después y, más modestamente, ha persistido en mi memoria durante años.
Por fortuna, la fuente umbría tiene poco que ver las aguas del Leteo -vuelve la maldición latina- y ha regado con profusión esta añoranza recuperada con éxito.
jueves, 2 de octubre de 2014
Pero Miguel
Dejo hacer mientras pienso que lo que me ha impactado, paralizado, no es el nombre propio en labios de mi hija de cinco años, ¿dónde quedó el papá o ese papi zalamero cuando quiere algo -algo que también parece innato-?
No.
Es la advertencia, la suficiencia que destilan esas dos palabras, tan bien utilizadas, tan bien entonadas. Puedo yo sola, ya lo sé, no me lo repitas, se condensan en ese “Pero Miguel” que ha llegado a traición, sin aviso alguno.
Me pregunto en qué escuela lo ha aprendido, ¿en qué momento alcanzó la sabiduría para conocer el momento, el tono y el tempo justos para dejar caer esas dos palabras con tanto tino? De pronto, tan solo con pronunciarlas, se convierte en adulta, se alza para mirarte de igual a igual.
Me digo a mí mismo que no hay nada premeditado, consciente o perverso en ello. Con humildad, me maravillo (otra vez) ante el desarrollo de procesos mentales que, en nuestra ignorancia y convencidos de nuestra adulta superioridad, consideramos impropios de niños.
Seres a los que no siempre sabemos tratar, ora como incapaces, entes inmaduros que se pueden romper a la menor presión, ora como adultos en miniatura a los que exigimos que asuman una vida que nos ha costado años asimilar, dejando la infancia por el camino. Nos olvidamos de que tienen su propia esencia, lógica y coherencia interna; que ponen toda su imaginación, intuición, vountad, recursos, conocimiento y experiencia para afrontar un mundo que no comprenden (¿lo hacemos nosotros?), un mundo constreñido por normas arbitrarias y, fundamentalmente, por nuestra propia inconstancia. Lo que me recuerda a esta divertida reflexión de Neil de Grasse Tyson: Deja que los niños jueguen. No sé si será un gran científico pero sí me parece un maravilloso divulgador.
Quedan ahí esas dos palabras "Pero Miguel" resonando en el aire, creando un pequeño vacío, que poco a poco irá ampliándose con el tiempo. Es inevitable. Está creciendo.
No me importa.
En realidad, sí me importa. Lucharé con todas mis fuerzas para que conserve lo mejor de ser un niño, para que no huya de la infancia como de un campo devastado con nuestras ensoñaciones añorantes de un pasado idealizado.
Han de encontrar su propio camino a través de la infancia, aunque eso suponga abandonar el sendero que le hemos trazado, amorosamente, con tanto mimo o se manifiesten con ese "Pero Miguel" que se escucha brutal en tan tiernos labios.
Sólo podemos aspirar a dotarles de las herramientas necesarias para andar ese camino que será, necesariamente, distinto al nuestro o al que imaginamos.
Con todo, lo más importante es que, a pesar de todos los "Pero Miguel", y habrán de venir más -algunos mucho más dolorosos que éste-, seguiré estando ahí, a medida que construya su propio camino; a uno, dos o tres pasos de distancia, a los que sean necesarios, los que vaya reclamando... y peleando. Porque, y esta es la ironía final, tendrá que pelearlos. Está inscrito en nuestro ADN, no cederemos fácilmente y posiblemente nunca asumamos esa realidad: tienen que crecer.
Hoy la fuente brota límpida, cristalina y fresca, nutrida por emociones y reflexiones de lo cotidiano; un hito para un padre, algo que ocurre desde hace milenios.
Está creciendo.



